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Las manchas del sapo

Hace cientos y cientos de años, los sapos eran muy similares a los de ahora, puesto que asimismo en el pasado les encantaba saltar y bañarse en las charcas. La única diferencia es que por aquellos tiempos, no tenían máculas en su refulgente y escurridizo cuerpo.


Cuenta la historia de leyenda que un día, ya absolutamente nadie recuerda en qué momento, hubo un sapo que no tenía demasiada amistad con un águila. Realmente, se llevaban bastante mal. El ave le tenía manía y un día decidió burlarse de él, aprovechando que en el cielo iba a festejarse una enorme celebración.


-¡Hola, amigo sapo! Esta noche hay una fiesta estupenda en las nubes y me agradaría invitarte. Como no sabes volar, te voy a llevar conmigo.


– ¡Oh, mil gracias por meditar en mí! Voy a ir si llevas tu guitarra ¿Te semeja bien?


– Sí, me semeja una idea estupenda ¡Va a ser una celebración con música y baile para todos!


Se despidieron y quedaron en verse ya antes del anochecer. Salía la luna cuando el águila fue hasta la casa del sapo con la guitarra bajo el ala.


-¿Estás listo, amigo? Se hace tarde y debemos irnos ya.


– ¡Realmente, aún no! No he acabado de arreglarme y he de finalizar de hacer unas cosas. Si te semeja, ve volando despacio que enseguida te alcanzo.


– Conforme, mas no tardes.


Mientras el águila se despedía de la familia del sapo, este aprovechó para ocultarse en el orificio de la guitarra, puesto que en el fondo, tanta afabilidad le extrañaba y no se fiaba mucho de que el águila le dejase caer en pleno vuelo. Por su lado, el águila, partió cara las nubes pensando en lo imbécil que era el sapo si pensaba que solito iba a llegar tan lejos y tan alto.


Cuando la reina de las aves llegó al cielo, se halló una celebración de lo más animada. Había música, comida y todos parecían estar pasándoselo realmente bien. Un buitre se aproximó a ella y le preguntó:


– ¿No iba a venir contigo el sapo?


– ¡Qué va! Si no levanta un palmo del suelo ¿de qué manera llegará hasta acá sin mi ayuda?


Pero el sapo sí había llegado al cielo, oculto en el orificio de la guitarra. Merced a su argucia, se había colado en la celebración y estaba resuelto a gozar al límite. Salió como pudo del hueco y se plantó ante todos y cada uno de los convidados.


Era un sapo muy simpático y dicharachero; cuando tuvo ocasión, comenzó a cantar y a hacer acrobacias tan jocosas que se metió a los asistentes en el bolsillo. Todos le aclamaron menos el águila, que vio al sapo de lejos y se sintió corroída por la envidia.


– ¡Ese batracio es un presumido! ¡No soporto su presencia!


Cuando acabó la fiesta, el águila se aproximó a él.


– Veo que al final has logrado llegar por ti mismo… Vamos, es la hora de regresar a casa. Si deseas puedo llevarte.


Pero el sapo proseguía sin fiarse de las buenas palabras del águila.


– Despreocúpate, amiga. Vete que deseo quedarme un rato más para asistir a recoger. Entonces te alcanzo.


El águila asintió y se dio media vuelta, mas de reojo vio de qué forma el sapo volvía a colarse en el orificio de su guitarra. Disimulando que no se había dado cuenta, sujetó la guitarra con sus patas y emprendió el camino de regreso a la Tierra. Atravesó las nubes volando en picado y cuando iba a máxima velocidad, viró la guitarra y dejó que el sapo se precipitase al vacío en caída libre.


¡Pobre animal! Horrorizada, vio que el suelo estaba poco a poco más cerca y sus ojos saltones se clavaron en una gran piedra. Cuando estaba a puntito de chocar, gritó:


-¡Separa, separa piedra que te parto!


Pero como es lógico, la piedra no se movió y el desgraciado sapo se estampó contra ella. Prodigiosamente, se salvó de una muerte prácticamente segura, mas su cuerpo quedó lleno de moretones que nunca desaparecieron. Sus hijos y sus nietos heredaron estas máculas y desde ese momento, todos y cada uno de los sapos nacen con la piel llena de manchas oscuras.

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