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Los carneros y el gallo – Cenicientas.es

Una mañana de primavera todos y cada uno de los miembros de un rebaño se despertaron alterados a raíz de unos sonidos fuertes y secos que procedían del exterior del establo. Salieron en tropel a ver qué sucedía y se encontraron con una riña en la que 2 carneros ubicados cara a cara hacían chocar sus duras cornamentas.


Un jocoso corderito muy entusiasta de los chismes fue el primero en enterarse de los motivos y corrió a informar al conjunto. Conforme sus fuentes, que eran absolutamente fiables, se estaban disputando el amor de una oveja lindísima que les había robado el corazón.


– Según parece está colada por los 2, y como no sabía a cuál escoger, ayer de noche declaró que se casaría con el más fornido. El resto de la historia os la podéis imaginar: los carneros se enteraron, quedaron para desafiarse ya antes del amanecer y… bueno, ahí tenéis a los amigos, ahora contrincantes, enzarzados en un combate.


El jefe del rebaño, un carnero maduro y también inteligente al que absolutamente nadie se atrevía a cuestionar, exclamó:


– ¡Serenaos! No es más que una de las múltiples peloteras románticas que se forman de año en año en esta granja. Sí, se pelean por una muchacha, mas ya sabemos que no se hacen daño y que gane quien gane proseguirán siendo colegas. ¡Nos vamos a quedar a ver el resultado!


Los presentes respiraron apacibles al saber que solo se trataba de dos jóvenes enamorados compitiendo por una muy blanca ovejita; una oveja que, a propósito, lo estaba presenciando todo con el corazón encogido y conteniendo la respiración. ¿Quién se levantaría con la victoria? ¿Quién se transformaría en su porvenir marido?… ¡La fortuna estaba echada!


————–


Esta era la situación en el momento en que un gallo de colores al que absolutamente nadie había visto ya antes se coló entre los asistentes y se sentó en primera fila tal y como si fuera un convidado de honor. Nunca había sido testigo de una contienda entre carneros, mas como se creía el tipo más inteligente del planeta y adoraba ser el centro de atención, se puso a opinar a voz en grito probando malísima educación.


– ¡Uy madre, vaya birria de batalla!… ¡Estos carneros son más torpes que una manada de elefantes en una cacharrería!


Inmediatamente se oyeron murmullos de desagrado entre el público, mas se hizo el sueco y prosiguió soltando comentarios latosos y también inoportunos.


– ¡Afirman por acá que se trata de un duelo entre caballeros, mas lo cierto es que solo veo 2 payasos haciendo bobadas!… ¡Eh, espabilad chavales, que sois mayorcitos para hacer el absurdo!


Los murmullos subieron de volumen y ciertos le miraron de reojo para poder ver si se daba por mencionado y cerraba el pico; nuevamente, hizo ni caso y prosiguió con su crítica fiero.


– Si bien el carnero de la derecha es un tanto más diligente, el de la izquierda tiene los cuernos más grandes… ¡Creo que la oveja debería casarse con ese a fin de que sus hijos nazcan fuertes y robustos!


Los espectadores le miraron desvariados. ¿De qué forma se podía ser tan descortés?


– Si bien para ser sincero, no comprendo ese empeño en casarse con exactamente la misma. ¡A mí me da la sensación de que la oveja en cuestión no tiene demasiada importancia!


Los carneros, ovejas y corderos enmudecieron y se hizo un silencio estremecedor. Sus caras de indignación charlaban por sí mismas. El jefe de clan creyó que, claramente, se había pasado de la raya. Representando a la comunidad, tomó la palabra.


– ¡Un tanto de respeto, por favor!… ¡¿Quizá no sabes comportarte?!


– ¿Yo? ¿Qué si sé comportarme ?… ¡Solo digo la verdad! Esa oveja es idéntica a el resto, ni más fea, ni más guapa, ni más blanca… ¡No sé por qué razón pierden el tiempo combatiendo por ella habiendo tantas para seleccionar!


– ¡Cállate mentecato, ya está bien de decir estupideces!


El gallo puso cara de sorpresa y respondió con chulería:


– ¡¿Qué me calle?!… ¡Pues lo afirmes!


El jefe procuró no perder los nervios. Por nada del planeta deseaba que se calentasen los ánimos y se montase una bronca exorbitante.


– A ver, vamos a aliviarnos un tanto los 2. Tú vienes de lejos, ¿cierto??


– Sí, soy forastero, estoy de viaje. Venía por el camino de tierra que rodea el trigal y al pasar por delante de la valla escuché jaleo y me metí a fisgar.


– Comprendo entonces que como vives en otras tierras es la primera vez que estás en compañía de individuos de nuestra especie… ¿Me confundo?


El gallo, desconcertado, respondió:


– No, no te confundes, pero… ¿eso qué debe ver?


– Te lo voy a explicar con claridad: no tienes ningún derecho a insmiscuirte en nuestra comunidad y burlarte de nuestro comportamiento por la fácil razón de que no nos conoces.


– ¡Mas es que me agrada decir lo que pienso!


– Vale, eso está realmente bien y como es lógico es respetable, mas ya antes de dar tu opinión deberías saber de qué forma somos y cuál es nuestra forma de relacionarnos.


– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si se puede saber?


– Bueno, puesto que un caso es lo que terminas de presenciar. En nuestra especie, del mismo modo que en otras muchas, las riñas entre machos de un mismo rebaño son frecuentes en temporada de celo pues es cuando toca escoger pareja. Somos animales pacíficos y de buen carácter, mas ese ritual es parte integrante de nuestra forma de ser, de nuestra naturaleza.


– Pero…


– ¡No hay mas que valga! Debes entender que para nosotros estas conductas son absolutamente normales. ¡No podemos batallar contra miles y miles de años de evolución y eso hay que respetarlo!


El gallo comenzó a sentir el calor que la vergüenza generaba en su semblante. A fin de que absolutamente nadie se diese cuenta del sonrojo, bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo.


– Tú vas a saber mucho sobre gallos, gallinas, polluelos, nidos y huevos, mas del resto no tienes ni la más remota idea ¡Vete con los tuyos y deja que resolvamos las cosas a nuestra forma!


El gallo debió aceptar que se había pasado de resabido y sobre todo, de grosero, conque si no deseaba salir mal parado debía marcharse lo antes posible.Echó un último vistazo a los carneros, que ahí proseguían a lo propio, peleándose por el amor de exactamente la misma hembra, y sin ni tan siquiera decir adiós se fue para jamás más regresar.


Moraleja: Todos estamos en nuestro derecho a expresar nuestros pensamientos con libertad, por supuesto que sí, mas en el momento de dar nuestra opinión es esencial hacerlo con sensatez. Uno no debe juzgar cosas que no conoce y mucho menos si es para ofender o bien menospreciar a el resto.

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